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lunes, 1 de junio de 2009

Cuando el genio y la maestría se funden (o cómo visitar el cielo sin salir de casa)

Dicen que lo mejor que hicieron los españoles en Cuba tras su colonización, fueron los mulatos. Esto es así porque la fusión siempre es enriquecedora, siempre es creativa y aporta nuevos aires. Esto mismo debe de ocurrir con la música, pues de la fusión de unos dedos maravillosos deslizándose por el teclado del piano y otros dedos, no menos maravillosos, pulsando y rasgando las cuerdas de una guitarra, nos llega la música genial de estos dos artistas.



Michel Camilo es natural de la República Dominicana, y se desenvuelve espectacularmente con el piano por todos los registros posibles, desde lo clásico a lo jazzístico. Tomatito, natural de Almería, proviene de una familia gitana con larga tradición flamenca. Entre ambos, han fusionado sus genios y han dado a luz dos discos esplendidos.

“Spain” de 2000 y “Spain again” de 2006, son dos joyas musicales que todo buen aficionado al jazz debería escuchar, pero también todo aficionado a la buena música, pues se hermana el flamenco con el jazz latino, una música viva y vibrante que se conjuga en un idilio caótico y maravilloso. Surge de esa unión un nuevo estilo indefinible pero inolvidable.Piano y guitarra, guitarra y piano, una catarsis musical inaprehensible sólo para el oído, que necesariamente ha de llegar al corazón para entenderla.

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Si me tuviera que decantar por alguno de los dos discos, me quedaría con el primero, pero siempre sería una cuestión de gusto personal, el primero lo encuentro mucho más “fusión” entre jazz y flamenco, el segundo esta más trabajado, más pulido musicalmente.

Desde que descubrí el disco “Spain” de estos dos artistas, es rara la semana que no lo escuche alguna vez, y es raro que, siendo como soy, poco mitómano y poco rutinario para estas cosas, escuche un mismo disco tan a menudo. Deduzco, tal vez, que me gusta mucho. ¡¡ Tal vez!!
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martes, 12 de mayo de 2009

Janis Joplin, el juguete roto de los dioses (o la soledad del héroe supera la de la heroína)

Janis Joplin fue uno de los vértices más feraces en mi concepción adolescente del mundo. Leer a Bukowski, a Robert Crumb y su Mr. Natural, y escuchar a Janis Joplin era poner mi alma en manos del demonio (ufff¡¡¡, ya salió el alma otra vez). El demonio de la rebeldía de pensamiento, el demonio de la sublevación de los principios adquiridos y heredados. Era mirar al mundo con otros ojos, ver el mundo con otra luz. No la luz sicodélica de los 70, que es la luz que más le iba a ese entorno, si no la luz que más alumbra, la luz de la libertad de conciencia, de la independencia de opinión.



Janis Joplin me trajo de nuevo el espíritu de los últimos hippies, la bocanada de libertad efímera y de insumisión de los jóvenes del 68 (parisinos y universales), aquellos que sólo conocía por referencias literarias e históricas fueron apareciendo ante mi guiados por esa voz poderosa, esa voz rota y aguardentosa de Janis Joplin, pero a la vez tan generosa en estímulos y sensaciones. Esa voz, con todos sus matices, me supo llenar tardes de melancólico recogimiento y noches de buscada soledad.

Cuando la conocí, no sabía de sus éxitos en el festival de Monterrey en 1967, ni de su consagración en el festival de Woodstock, en el verano de 1969, ni siquiera sabía de su prematura muerte por sobredosis en 1970, todo eso lo supe después. Yo sólo sabía que me gustaba su música y que me apasionaba su voz, sobre todo su voz, siempre su voz. Esa voz negra que lucía esa mujer blanca…pero los dioses no tienen raza, sólo emanan genialidad.



Janis Joplin, Robert Crumb y Charles Bukowski, fueron la triada de la contracultura, inteligente y capaz, que supo enaltecer mis sentidos, llenar mi cabeza de elucubraciones perniciosas para lo “políticamente correcto” y, sobre todo, darme pie para la rebeldía y la independencia de pensamiento. Me mostraron el camino, y de bien nacidos es el ser agradecidos.

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